En planteos de cría, la vaca chica da más terneros y más carne/ha con menor costo

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En una jornada del Ipvca en Bordenave, se aseguró que la rentabilidad se logra con eficiencia reproductiva y adaptación al ambiente.

(NAP) En los sistemas de cría bovina, donde el negocio se juega en ambientes frágiles y de baja oferta forrajera, la genética debe adaptarse al campo y no al revés. Ese fue el eje de la disertación de Juan Martín Narvaitz, del Centro Argentino de Biotecnología Animal y el Centro Integral de Inseminación Artificial, durante la Jornada a Campo organizada por el Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina en Bordenave.

“El bovino existe porque existe el pasto”, sintetizó el especialista, al remarcar que la cría se desarrolla en ambientes restrictivos, con inviernos y veranos duros, donde la calidad del recurso forrajero condiciona directamente la productividad. En ese contexto, advirtió que elegir una vaca “equivocada” puede comprometer todo el sistema.

Narvaitz subrayó el hecho de que 70% de la energía del sistema se la lleva la vaca de cría, y de ese total, 75% se destina solo a mantenimiento. Por eso, la eficiencia reproductiva se vuelve determinante. “No hay peor novillo que el que no nace”, graficó.

Más aún, Narvaitz aseguró que la reproducción es 5 veces más importante que el crecimiento y 10 veces más que las características de carcasa.

En ese sentido, definió a la vaca eficiente como aquella que logra un ternero por año, con una relación de peso al destete de 40% a 45% respecto de su madre, que se preña nuevamente y que convierte el pasto en kilos de carne de manera sostenida a lo largo del tiempo.

El especialista remachó sobre el impacto del tamaño: según explicó, el ambiente termina fijando el biotipo posible y, en sistemas pastoriles, las vacas más livianas (entre 380 y 470 kilos) resultan más eficientes. En un mismo campo, aumentar el peso de la vaca reduce la carga animal y, en consecuencia, la producción total de carne.

En números de Narvaitz: en un planteo comparativo, vacas de menor tamaño pueden destetar más terneros y generar hasta 6.000 kilos adicionales de carne por hectárea respecto de animales más pesados.

“Cada 100 kilos que aumenta la vaca, solo se ganan entre 2,5 y 10 kilos en el ternero, pero se pierden 27 kilos de carne por hectárea”, explicó.

Además, destacó que las vacas más chicas presentan mejores tasas reproductivas, menos problemas de parto y mayor eficiencia en el uso del forraje.

A eso se suma la importancia de la capacidad de engrasamiento, clave tanto para sostener la reproducción en momentos de escasez como para mejorar la terminación de los animales.

“El tejido graso no es solo reserva energética: tiene un rol central en la reproducción, la inmunidad y la eficiencia del sistema”. Remarcó además que líneas con mayor engrasamiento logran mejores tasas de preñez y terminan más fácilmente a pasto.

En las conclusiones, el especialista retomó un concepto clásico de la genética ganadera: no alcanza con tener animales individualmente superiores, sino que es el sistema el que debe maximizar la productividad. En ese marco, insistió en la importancia de lograr más kilos de carne por hectárea, ajustando la genética a las condiciones reales de cada campo. (Noticias AgroPecuarias)

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