Plantar árboles y trigo también es hacer arte
Una propuesta que cruza arte, naturaleza y compromiso ambiental para intervenir el paisaje de una manera diferente. El proyecto Ombúx.
(NAP, por Lola López) “Hace unos años me di cuenta de algo bastante simple: había un árbol en la vereda de mi casa y yo nunca lo había mirado de verdad. Lo había visto mil veces, pero un día frené, levanté la cabeza, una semilla se soltó y cayó como un helicóptero. La atrapé antes de que tocara el piso. La puse en tierra, la regué y algo pasó. De ese encuentro salió mi deseo de plantar mi primer timbó, un árbol nativo del ecosistema del Río de la Plata, y sin saberlo, también un camino junto con las plantas”.
Esta cronista había imaginado varios comienzos para esta nota: arrancar con el plano detalle de una semilla de trigo, con una serie de preguntas casi filosóficas y hasta con el sonido onomatopéyico de una canoa cayendo al agua (ya verán por qué). Pero, al fin, las palabras de Rodrigo Túnica, el entrevistado, se acomodaron para hacer el mejor inicio de todos: el del relato en primera persona.
Rodrigo es artista, pero no proviene de una formación académica, así que, según sus propias palabras, todo lo que hace fue surgiendo desde la intuición, probando y equivocándose. Así y todo (o quizás justamente por eso) en 2025 la conocida Fundación Ama Amoedo dedicada al arte le encargó Eriopis I, un proyecto en el que una serie de esculturas se integran en un hábitat para plantas e insectos nativos. Y todo tiene que ver, porque Rodrigo también es cofundador de la ONG Un Árbol, dedicada a la regeneración ambiental a través de algo tan concreto como plantar árboles, muchos árboles (“Me gusta el trabajo físico”, dirá a lo largo de esta charla).
Su práctica se nutre de colaboraciones diversas con comunidades originarias, campesinos y científicos que le permiten tender puentes entre perspectivas contemporáneas y formas ancestrales de habitar el mundo. Trabaja con múltiples medios como land art, performance, dibujo, video, cartografía, cultivo y escritura.
“Empecé a darme cuenta de que había algo en común entre plantar un árbol, cultivar trigo o intentar entender cómo se construía una canoa de una sola pieza. Son gestos muy antiguos pero que siguen diciendo algo sobre lo que somos y me interesa volver a ellos porque ahí aparece una forma de conocimiento que pasa por el cuerpo”, explica.
Rodrigo se siente bien haciendo, yendo al terreno. Es el caso de Timbó Timbó, su última muestra a fin de 2025, que fue el resultado de haberse “obsesionado” durante años con la idea de lograr una canoa de una sola pieza, como las que se hacían antes. Y finalmente lo logró: conoció a David, del pueblo Pilagá, y junto a él y su familia se adentró en el monte formoseño para aprender a hacer esa canoa que luego fue trasladada a la galería DeSousa en plena ciudad de Buenos Aires.
“En medio de todo este proceso empezó a aparecer lo cósmico”, recuerda. “Primero como una intución y después como un campo de investigación; me di cuenta de que plantas y planetas están separadas solo por una letra, y eso, aunque suene medio absurdo, me abrió una puerta. Empecé a pensar las semillas como pequeñas antenas cósmicas y a ver en las plantas la presencia de las fuerzas planetarias. Ahí nace esto que llamo el Vivero Cósmico, que es mi lugar en Escobar donde vivo y trabajo: un espacio de investigación y cultivo de plantas nativas para explorar el vínculo entre los árboles y el cielo”.
-¿Cómo aparece el trigo en todo esto?
-El trigo es el pan y el pan es uno de los grandes inventos de la humanidad. A la vez, al mirar de cerca la semilla de trigo se observa que la semilla ya tiene forma de pan. Y es increíble que hoy día vivamos sin ser del todo conscientes de que el pan viene de una planta, de un cereal… quiero decir: lo sabemos pero hay una distancia, una lejanía con esa verdad.
-¿Por qué decidió sembrar un parcela de trigo en un patio de la Universidad Torcuato Di Tella (foto apertura)?
-Mientras cursaba el Programa de Arte quería que mi obra para la muestra final fuera simplemente un pan, pero luego de haber atravesado todo lo que implica llegar a un pan. Así que aprovechamos un espacio verde abandonado que había en el campus y diseñé un cultivo a partir de 7 círculos concentrícos con un vértice que apuntaba a la salida del sol el día del equinoccio. Me gusta pensar al trigo como un alimento solar, un objeto Sol, o un sol materializado en la tierra, así que el cultivo era un homenaje al Sol.
-¿Qué semillas usó?
-Unas que tenían 20 años de traza orgánica. Hicimos la siembra, el riego, la cosecha y la molienda. Fue un proceso hermoso y colaborativo donde se involucraron tanto mis compañeros, trabajadores y directivos de la Universidad. Cada una de las etapas tuvo sus dificultades y quizá uno de los más lindos fue la aparición de las vaquitas de San Antonio.
-¿Por?
-Porque cuando aparecieron, la primera reacción fue pensar que eran una plaga, pero rápidamente entendimos que son un control biológico natural y que se estaban comiendo los pulgones que tenía el trigo. Ese emerger de la vaquita, esa aparición espontánea, ese venir a salvar el cultivo, me conmovió. Y ahí uno entiende por qué las vaquitas de San Antonio generan esa alegría en las personas, es un vínculo muy antiguo, un conocimiento campesino. Para que haya pan, tiene que haber vaquita de San Antonio.
Rodrigo evoca una experiencia anterior a la del trigo: una plantación de un bosque “estelar” de ombúes, junto al artista Martín Bonadeo, en la Universidad Austral en octubre de 2022. Se trata de cuatro montes con forma de estrella que, vistos en conjunto, dibujan la constelación de la Cruz del Sur. En total son 144 ombúes, 36 en cada monte. La forma de cada uno de estos montes surge de una combinación de distintas geometrías y símbolos: la chakana, la flor de la vida, la estrella de seis puntas y la wachuma (cactus de San Pedro).
“Durante cuatro años cultivé los ombúes a partir de semillas que junté de un ombú gigante que me acompaña desde chico. Ese árbol tenía una presencia muy importante para mí y un día estaba mirando el atardecer y vi cómo el ombú se desplomó. Vi caer a ese abuelito. Después de su muerte, junté y sembré todas las semillas que pude, como una manera de honrarlo y, de alguna forma, de continuar su vida. Esas semillas se transformaron en los árboles que hoy forman el proyecto Ombúx”, describió Rodrigo.
“El ombú puede vivir hasta 500 años. Cuando pienso en la obra, pienso también en esa escala de tiempo, mucho más grande que la de una vida humana. Hoy los árboles todavía están separados, pero imagino que dentro de muchas décadas, los 36 ombúes de cada monte van a encontrarse entre sí y formar un único organismo: un gran árbol compuesto por múltiples troncos. Entonces, la obra no está terminada, lo que plantamos en 2022 fue apenas el comienzo. OMBÚX es una obra que va a seguir creciendo mucho después de nosotros”.
-¿Cuál es su búsqueda como artista?
-Creo que todo lo que hago gira alrededor de una misma pregunta: cuál es nuestro lugar como humanos en este entramado. Venimos de una lógica bastante desconectada y yo quiero ver si hay otras formas posibles de vincularnos. No solo desde el discurso, sino desde la experiencia directa: plantar, cuidar, observar, escuchar, entendiéndome como una parte activa del ecosistema y no como algo separado.
-Esto que usted describe implica paciencia, detenerse…
-Por eso me gusta trabajar con el tiempo, con procesos largos, con cosas que no se resuelven rápido. Pasar años visitando un mismo árbol, reproducir una semilla por décadas, seguir una idea hasta que toma forma en algo material. Hay algo ahí que tiene que ver con aprender a estar.
-¿Busca respuestas a la existencia?
-No tanto. Creo que es más bien una manera de sostener ciertas preguntas en el tiempo. Y de ver qué pasa cuando uno se queda lo suficiente cerca de algo, ya sea un árbol, una semilla o un insecto, como para empezar a escuchar mejor. (Noticias AgroPecuarias)


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