Debate presidencial: lo mejor y por qué sirve aunque no entusiasme

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Fernández sorprendió con un tono duro. Macri siguió con su guión de defensa de la gestión. Lavagna y Gómez Centurión, deslucidos. Del Caño y Espert, defensores de sus doctrinas.

SANTA FE (NAP, por Marcos Novaro*). “Aburrido y predecible”, dirán algunos. “Directamente inútil”, pensarán los más entusiastas del barro televisivo. Lo cierto es que cruces de ideas y argumentos hubo, pese a todos los límites que impuso un formato extremadamente rígido. Empezando por los cruces que provocó Alberto Fernández, quien más escéptico y desinteresado se había mostrado hacia la realización del debate.

Es casi natural que los que llevan las de ganar, prefieran no debatir. Y si están obligados a hacerlo, como sucede en nuestro caso desde 2016, gracias a una de las pocas reformas políticas que pudo hacer aprobar Mauricio Macri en su mandato, apuesten a quitarle relevancia al debate.

Fernández hizo abiertamente eso, afirmando que era un “ritual de discusión” porque “en solo 13 minutos” no hay tiempo para explicar nada; 13 minutos, el tiempo que calculó tenía cada candidato para hablar, ¿es tan poco? Si fuera cierto, ¿por qué van los candidatos a programas políticos donde hablan aún menos tiempo? ¿y para qué hacen spots de 10 o 20 segundos? Se pueden decir muchas cosas en pocos minutos, o en segundos, si hay ganas de hacerlo.

Y el propio Alberto lo demostró: dijo e hizo bastante, en general en un tono duro contra Macri, por momentos agresivo, señalándolo con el dedo y acusándolo de mentir, de “no conectar con la realidad” y cosas por el estilo. Usó mucho más tiempo para pasar revista a las críticas que la oposición y buena parte de la opinión expresa habitualmente sobre la gestión del Presidente, que para exponer sus planes e ideas, lo que le permitió colocarse en el centro del ring desde el principio, para sostener su posición de principal challenger del oficialismo. En esas críticas, para su alegría (y así lo manifestó abiertamente Alberto) Roberto Lavagna lo acompañó a pie juntillas. Y también lo hizo, algo que no debió alegrarlo tanto, Nicolás Del Caño.

A pesar de todas las reglas un poco agobiantes que regularon el cruce de opiniones, lo cierto es que los postulantes se vieron obligados a responder y reaccionar a las intervenciones de los demás, y cuando lo hicieron se vivieron los momentos más interesantes. Fernández chuzó varias veces a Macri, y en general ignoró a los demás, parecía que el actual presidente se iba a bancar en silencio esas críticas, hasta que al final del bloque sobre economía retrucó con un cross de derecha: “Alberto dice que yo destruí la economía, pero hace unos meses decía que la había destruido su ahora compañera de fórmula, hablemos con la verdad”.

Espert, Gómez Centurión, Macri, Fernández, Lavagna y Del Caño.

Por algo en todas las democracias del mundo que se precien se hacen estos debates. Aunque también en esto nosotros queramos diferenciarnos y despreciar lo que a todos les funciona, por suerte estaremos obligados a repetir estos “ritos”. Porque, ¿quién tendría el tupé de derogar la ley que los ha vuelto obligatorios?

El debate es importante por otro motivo, que viene muy a cuenta en nuestro caso: nuestras campañas electorales suelen consistir en la auto presentación como héroes de los propios candidatos reiterada hasta el hartazgo, y que implícitamente, o a veces explícitamente, alude a sus contrincantes como gente horrible que si se impusiera destruiría todo a su paso.

Eso más o menos es lo que se escucha en la propaganda, los discursos, la mayor parte de las intervenciones de los candidatos en los medios: una lucha entre buenos y malos que nos bombardea durante semanas. Hasta que de pronto se encuentran todos en un lugar pautado, los enfocan las cámaras, y tienen que hablar y hablarse aunque más no sea por unos minutos. Y queda a la vista entonces lo que realmente son: gente más o menos normal según los casos, que piensa distinto sobre algunos problemas comunes a resolver, nada más.

Parece una obviedad pero no lo es. Más que nada en un país como el nuestro donde esta gente que se disputa el trabajo de gobernarnos ni siquiera se conoce entre sí, pocas veces se han cruzado, y algunos nunca han tenido siquiera el gusto o el disgusto de saludarse: ¿cuántas veces se habían visto Macri y Alberto hasta hoy?, habrán hablado por teléfono tal vez un par de veces en sus vidas, como mucho ¿conoce Macri a Lavagna? ¿alguna vez lo había visto siquiera? Es probable que no ¿Y alguno de ellos conocía a Del Caño, o a José Luis Espert? “¿Para qué?”, podrían contestar.

En otros países más normales es obvio que los políticos de este nivel se recontra conocen, se han cruzado no sólo en programas de televisión, en reuniones parlamentarias, más o menos protocolares, se han visto en infinidad de encuentros reservados donde han discutido y rosqueado, peleado o acordado, y saben que van a seguir encontrándose en el futuro. Entonces el debate es un encuentro más, entre muchos que han tenido lugar y van a seguir sucediendo.

Acá en cambio es una revolución, no solo para nosotros, también y por sobre todo para ellos mismos. Es un enorme paso, para gente que viene habituada a pensar que lo mejor que les puede pasar en la vida es que sus contrincantes desaparezcan de escena para ellos poder quedarse solos. Con “su pueblo”. Así nos va.

Por todo esto el que una ley esté obligando a esta gente a encontrarse, aunque sea con reglas muy estrictas para impedir que se saquen los ojos y hagan un papelón, lo que sí aseguraría un encuentro divertido, genera todo un acontecimiento, cierto que bastante aburrido, pero también extraordinario.

Finalmente, los seis candidatos a presidente mostraron bastante bien lo que es la Argentina, un arco de opiniones muy distintas, a las que les cuesta entenderse, porque ante todo les cuesta conversar; la mayor parte del tiempo los candidatos hablaron ignorando a los demás; en los pocos momentos en que se refirieron unos a otros, la cosa se puso más interesante: los cruces entre Del Caño y Espert sobre capitalismo y liberalismo lo fueron, también los cruces sobre qué son los derechos humanos, y sobre el monto, el origen y el destino de la deuda.

Es interesante que esta etapa termine con un primer debate presidencial obligatorio, y también con el primer presidente no peronista concluyendo en tiempo y forma su mandato desde hace cosa de un siglo. Habrá muchas voces diciendo que nada de eso tiene importancia porque de vuelta sufrimos una crisis económica galopante. Pero bien puede suceder que sigamos teniendo que lidiar con crisis como esta hasta que no conquistemos más reglas aburridas como la del debate presidencial y el cumplimiento de los mandatos. (Noticias AgroPecuarias)

*Sociólogo. Publicado en tn.com.ar

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