De 23 bisontes a casi 500: cómo un gran herbívoro logró rescatar un ecosistema degradado
Un proyecto de restauración iniciado en 2009 en México permitió recuperar procesos ecológicos perdidos durante más de un siglo.
(NAP) La reintroducción de apenas 23 bisontes americanos en el norte de México desencadenó un proceso de restauración ecológica que hoy sorprende a científicos y ambientalistas.
En poco más de una década, la manada creció hasta superar los 450 ejemplares y, con ella, comenzaron a recuperarse los pastizales de la Reserva de la Biosfera Janos, en el estado de Chihuahua.
Lejos de tratarse de un “milagro ecológico”, los especialistas explican que el proyecto consistió en devolver al ecosistema una pieza clave que había desaparecido hacía más de un siglo.
Al recuperar el papel del gran herbívoro nativo, volvieron a ponerse en marcha procesos naturales que permitieron mejorar el funcionamiento del suelo, aumentar la cobertura vegetal y favorecer el regreso de numerosas especies.
Los primeros 23 bisontes llegaron en 2009 desde el Parque Nacional Wind Cave, en Dakota del Sur (Estados Unidos), hasta el Rancho El Uno, dentro de la Reserva de Janos.
La especie había desaparecido del norte de México debido a la caza indiscriminada y a la transformación de los pastizales, alterando profundamente el equilibrio ecológico de la región.
‘Un ingeniero del ecosistema’
El bisonte suele asociarse únicamente con las grandes praderas de Norteamérica, pero para los ecólogos cumple una función mucho más importante: es un verdadero ingeniero del ecosistema.
Durante miles de años, los pastizales evolucionaron junto a grandes herbívoros que pastaban, caminaban, fertilizaban el suelo y modificaban continuamente el paisaje. Cuando esos animales desaparecen, el ecosistema pierde buena parte de esa dinámica natural.
Muchas veces se asume que conservar la naturaleza consiste simplemente en no intervenir. Sin embargo, en ecosistemas como los pastizales ocurre algo diferente: estos ambientes evolucionaron durante miles de años junto a grandes herbívoros y necesitan que esos procesos naturales continúen para mantenerse saludables. La desaparición del bisonte implicó también la pérdida de una de esas funciones ecológicas.
Su efecto comienza bajo sus propias patas. Al desplazarse, sus pezuñas rompen la costra superficial del suelo, favoreciendo la infiltración del agua de lluvia y reduciendo el escurrimiento. El estiércol y la orina devuelven nutrientes al sistema, alimentan insectos y microorganismos y aceleran el reciclado de materia orgánica.
A eso se suma una característica menos conocida: los bisontes no consumen el pasto de manera uniforme. Pastorean selectivamente, dejan sectores sin tocar y vuelven tiempo después sobre los rebrotes más tiernos. Ese comportamiento genera un mosaico de vegetación con distintas alturas que crea refugio para aves, insectos, pequeños mamíferos y numerosas especies vegetales.
Incluso los revolcaderos que forman al recostarse sobre la tierra crean pequeños microambientes donde se acumula humedad y prosperan plantas diferentes al resto del paisaje.
El suelo volvió a funcionar
Los resultados comenzaron a observarse pocos años después de la reintroducción.
La mayor cobertura vegetal redujo la erosión, mejoró la retención de humedad y favoreció el establecimiento de nuevas plantas nativas. Al mismo tiempo aumentó la actividad de insectos, aves y otros animales asociados a los pastizales.
Los investigadores remarcan que el desierto nunca estuvo “muerto”. En realidad, se trataba de un ecosistema degradado que había perdido uno de los actores que históricamente regulaban su funcionamiento.
Por eso sostienen que el éxito del proyecto no consistió simplemente en sumar animales, sino en recuperar procesos ecológicos que habían desaparecido durante generaciones.
La recuperación también quedó reflejada en el tamaño de la manada. De aquellos 23 animales fundadores se pasó a una población cercana a los 500 bisontes entre la Reserva Janos y el Rancho El Uno, lo que permitió iniciar nuevos programas de reintroducción en otras áreas protegidas del norte de México, como El Carmen y Cuatro Ciénegas, en el estado de Coahuila.
Los especialistas destacan que este crecimiento fue posible gracias a un manejo permanente que incluyó monitoreo sanitario, seguimiento genético y una cuidadosa planificación de los traslados para garantizar poblaciones viables a largo plazo.
Restaurar procesos, no solamente especies
El caso de Janos deja una enseñanza que trasciende al propio bisonte: la restauración ecológica no consiste únicamente en plantar árboles o proteger áreas naturales. En muchos casos implica recuperar especies capaces de reactivar procesos que sostienen el funcionamiento de los ecosistemas.
Los bisontes no transformaron el paisaje por arte de magia. Simplemente volvieron a hacer aquello para lo que evolucionaron durante miles de años: caminar, pastorear, fertilizar el suelo y modelar el pastizal. Al devolver esa función al ecosistema, también regresaron el agua, la vegetación y buena parte de la biodiversidad que dependía de ella.
La historia de Janos demuestra que, cuando se recuperan las piezas correctas de un ecosistema y se les da tiempo para actuar, la naturaleza puede reconstruir procesos que parecían definitivamente perdidos. Esa es, quizás, la principal lección que dejaron aquellos 23 bisontes que un día volvieron a pisar los pastizales de Chihuahua. (Noticias AgroPecuarias)








